Cuba es una nación que respira literatura. En sus calles, sus aulas, cementerios y en sus libros, la palabra escrita se convierte en memoria, en mito, en acto de amor. Este recorrido por las curiosidades literarias cubanas no busca solo informar, sino conmover, despertar orgullo e incentivar la búsqueda del conocimiento individual.
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Cuba es una nación que respira literatura. En sus calles, sus aulas, cementerios y en sus libros, la palabra escrita se convierte en memoria, en mito, en acto de amor.
Este recorrido por las curiosidades literarias cubanas no busca solo informar, sino conmover, despertar orgullo e incentivar la búsqueda del conocimiento individual.
Desde la altísima tasa de alfabetización que convierte a nuestro archipiélago en faro educativo de América Latina, hasta las tumbas que guardan leyendas vivas como pudiera ser la de Cecilia Valdés, pasando por las familias que hicieron de la escritura un linaje (como los Loynaz) y las revistas que hablaron a la infancia con ternura y justicia, como La Edad de Oro, este trabajo es un homenaje a la riqueza cultural de Cuba.
Aquí se entrelazan datos y emociones, historia y belleza, anécdotas y símbolos. Porque en Cuba, la literatura no es solo arte: es patria, es infancia, es resistencia e identidad.
“La palabra es lo más hermoso que se ha creado para el alma”.
La Isla de la alfabetización
Cuba se toma muy en serio la educación. Según datos de la UNESCO de 2018, el 99,8 % de los adultos mayores de 15 años saben leer y escribir perfectamente. Esta cifra nos ubica como el país con mayor nivel de alfabetización en América Latina y el Caribe, y también entre los más destacados del mundo.
¿Lo sabías? Esta es otra de las curiosidades de Cuba: un país donde la palabra escrita se convierte en patrimonio común, donde leer y escribir es casi un acto natural, como respirar.
Cirilo Villaverde y el mito de Cecilia
La novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel es considerada la obra cumbre de Cirilo Villaverde. Una historia monumental que demoró más de cuatro décadas en consumarse. El primer volumen fue publicado en la imprenta literaria de Lino Valdés a mediados de 1839, y la versión definitiva apareció en Nueva York en 1882.
El investigador cubano Enmanuel Tornés anotó en sus investigaciones que esta novela tardó en completarse “algo más de cuatro décadas”. Y la investigadora Cira Romero afirmó que el personaje protagónico de Cecilia es “el único mito que ha creado la literatura cubana”, pues el pueblo tiene una imagen viva de quién fue y cómo era.
Casi la totalidad de los personajes que figuran en la obra fueron reales.
En el Cementerio de Colón existe una tumba con la inscripción “Cecilia Valdés 1893”, que posiblemente guarda los restos de la famosa mulata de la Loma del Ángel.
Imagen de la lápida que se encuentra en el Cementerio de Colón. Foto: Ecured
Como homenaje póstumo, Cirilo Villaverde aparece como personaje dentro de la novela La isla de los amores infinitos, de la escritora cubana Daína Chaviano, quien también incluyó en su obra a los protagonistas de Cecilia Valdés. Es, de este modo, como la literatura cubana consigue entrelazarse en un diálogo de épocas y voces.
La Edad de Oro: Un tesoro para la infancia

La Edad de Oro fue una revista mensual dedicada a los niños, concebida por el más universal de los cubanos, nuestro Héroe Nacional José Martí. Más de un siglo después, sus páginas conservan intactas la frescura, la belleza y la vigencia de sus ideas, hablándole a la infancia en un lenguaje universal que no conoce fronteras ni calendarios.
La primera edición vio la luz en julio de 1889, en Nueva York, durante el prolongado exilio de Martí en Estados Unidos. Allí, consagró su vida a preparar la guerra que daría la independencia a Cuba del dominio colonial español, y en la que perdería la vida en 1895.
Además de su labor política, Martí ejerció durante ese período funciones diplomáticas en nombre de países sudamericanos, y desplegó una inmensa actividad como escritor y periodista.
Solo logró publicar cuatro números de la revista, debido a diferencias ideológicas con el editor Da Costa Gómez.
Cada entrega tenía 32 páginas y estaba adornada con grabados e ilustraciones tomadas por Martí de publicaciones extranjeras, especialmente francesas.

Los Loynaz: familia de letras
Entre las situaciones atípicas de la historia literaria cubana, destaca la familia Loynaz, considerada una de las más reconocidas durante la época neocolonial. Hijos del general de las tres guerras, Enrique Loynaz del Castillo, sus cuatro descendientes brillaron con luz propia:
Dulce María Loynaz del Castillo, la primogénita, cuyo verdadero nombre era María de las Mercedes Loynaz Muñoz, se convirtió en la única mujer cubana en recibir el Premio Cervantes de Literatura.
Sus hermanos Enrique, Carlos Manuel y Flor también escribieron y dejaron constancia de su talento en libros publicados.
Carlos Manuel, considerado por sus padres el más brillante, leía desde los tres años y tocaba clásicos en el piano desde los cinco. Sin embargo, a los veinte años enfermó de esquizofrenia y quemó todo lo que había escrito: partituras y literatura.
Otros hechos curiosos se vinculan a esta familia de gran cultura:
Conocer a Enrique Loynaz Muñoz fue la causa que trajo a Federico García Lorca a La Habana.
Federico García Lorca en La Habana. Foto: Fondo «Dulce María Loynaz», de la Biblioteca Nacional de Cuba
La crónica social
La crónica social, género periodístico con gran auge entre las capas altas durante el período republicano, tuvo entre sus más grandes exponentes a Pablo Álvarez de Cañas (en el periódico El País), segundo esposo de Dulce María Loynaz, y a Enrique Fontanills, cronista del Diario de la Marina.
Lo curioso es que, cuando Fontanills murió en 1933 tras larga enfermedad, hacía ya tiempo que Álvarez de Cañas escribía sus crónicas para que este pudiera seguir disfrutando de las prebendas que le reportaban.
Dulce María recordaba que su esposo no escribía:
“Lo que otros no podían hacer era lo que él hacía, esto es, vertebrar las crónicas, enfocarlas en los aspectos más interesantes o convenientes, podar lo superfluo o, por el contrario, realzar lo que no tenía realce y convenía que lo tuviese… Tampoco permitía intervención ajena en su página, y solo rara vez oyó consejos: la crónica social constituía en el periódico un pequeño Estado autónomo, donde de vez en cuando se podía tener voz, pero solo él podía tener voto”.
Cosas “que pasan”…
El periodista Ciro Bianchi recuerda en su columna de Cubaliteraria algunas anécdotas que pintan de humor la historia de la crónica social, indisolublemente ligada a la escritura:
La famosa errata de Fontanills, quien escribió: “La dueña de la casa, siempre bella y gentil, prodigó su celo entre los invitados…”. El linotipista cambió la “e” por una “u”.
Álvarez de Cañas anunció la muerte de un personaje que aún seguía vivo. El cronista, deseoso de ser el primero en dar la noticia, publicó el deceso antes de tiempo. El supuesto finado murió menos de 24 horas después. El propio Álvarez de Cañas, con ironía, comentó a sus amigos:
“No me explico el porqué de tanto alboroto si el tipo iba a morir de todas maneras. Yo, por mi parte, no hice más que asegurar el palo periodístico”.

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