Mi hermano italiano, David Riondino, acaba de abandonar el tiempo-espacio que compartíamos y yo acabo de regresar de Roma, de su casa, de verlo por última vez, de velarlo en familia. David Riondino, el poeta, el actor, el cineasta, el cantautor, el humorista, el exbibliotecario florentino, el filósofo. Mi mejor amigo. Sería largo de contar cuánto hicimos juntos David y yo y por qué y cómo se robusteció una amistad que nació, casualmente, sobre un escenario toscano. Solo resumo que durante veintiocho años recorrimos juntos miles de kilómetros y cientos de escenarios en Cuba, Italia y España, haciendo lo que nos hacía más feliz: jugar con las palabras
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David Riondino. Foto: La Milano
En el año 1996, hace exactamente treinta años, descubrí a Miguel Delibes, el gran narrador vallisoletano. El primer libro suyo que leí fue la novela Cinco horas con Mario, una exquisitez narrativa que muchos años después reconozco que, sin saberlo, marcó mi forma de escribir de aquellos años. Entre los quince y los veinte años, mis mayores influencias como narrador no fueron tanto autores como libros concretos. Y este fue uno de ellos. Cinco horas con Mario, de Delibes, La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, Manhattan Transfer, de John Dos Passos, La muerte de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, Un mundo para Julius, de Brice Echenique, Rayuela, de Cortázar, Bomarzo, de Mujica Lainez, Concierto barroco y el Arpa y la sombra, dos joyitas de Alejo Carpentier, y La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, fueron algunas de las novelas que conformaron mi manera de escribir en esa etapa formativa. En tres de ellas la muerte era protagonista: en la de Carlos Fuentes, en la de Cela y en la de Delibes. Pero reconozco que fue Cinco horas con Mario la que causó una enorme impresión en el postadolescente que yo era y que nunca había visto a la muerte de cerca, o sea, tan de cerca. Aquella viuda delibiana, Carmen Sotillo, que monologaba y dialogaba con el cadáver de su esposo, durante cinco horas seguidas, fue una lección de realidad ficticia que, reconozco ahora, marcó mi forma de entender la literatura. Quizás a esa lectura tempranera debo el capítulo más impresionante de mi novela Prisionero del agua: el dedicado a la muerte de mi abuela. Recordemos que es la muerte, tanto en poesía como en narrativa, el tema más tratado por los escritores. Sería interminable la lista de poemas, cuentos, novelas y ensayos dedicados a Tánatos. Pero hoy quiero hablar de Cinco horas con Mario, evocarla, porque acabo de vivir una situación muy parecida; acabo de perder a mi mejor amigo, David Riondino, y de estar, no cinco, sino doce horas monologando y dialogando con su cadáver.
En la exquisita novela de Delibes la protagonista habla durante cinco horas interminables con el cadáver de su esposo, Mario, y los lectores vamos descubriendo así, poco a poco, los pormenores de su relación, los buenos y los malos momentos, las alegrías, las tristezas, los reproches, las deudas. Pero cuando yo leí esa novela, tan joven, lo que descubrí en realidad fue la muerte, el peso de la muerte y la relación tan íntima que todos deberíamos tener con ella, una relación que escamoteamos o esquivamos casi siempre. Y por supuesto que con mi edad actual la muerte no es una novedad, pero lo que viví ayer en la Via Spalato, de Roma, sí lo ha sido. Velar a un ser querido en una casa es un ritual fúnebre al que no todo el mundo está acostumbrado, un ritual del que mucha gente no participa nunca. Anoche yo emulé a Carmen Sotillo, y no estuve cinco horas con Mario, sino doce horas con mi amigo David, David Riondino, el poeta, el actor, el cineasta, el cantautor, el humorista, el exbibliotecario florentino, el filósofo. Mi mejor amigo. Lo de “mejor amigo” sé que es una frase hecha, algo que se dice fácil, pero en este caso es tan exacta. Sería largo de contar cuánto hicimos juntos David y yo y por qué y cómo se robusteció una amistad que nació, casualmente, sobre un escenario toscano. Solo resumo que durante veintiocho años recorrimos juntos miles de kilómetros y cientos de escenarios en Cuba, Italia y España, haciendo lo que nos hacía más feliz: jugar con las palabras (improvisación, teatro, poesía). Y que yo protagonicé siete de sus largometrajes, documentales de exquisita realización y absoluta novedad fílmica, obras que ponen a dialogar el repentismo, con el teatro y el cine. Y que la última de sus películas no puede ser una declaración de amistad más diáfana, el título lo dice todo: “Alexis Díaz-Pimienta: retrato de un poeta”, una película que debió de tener otro subtítulo, “retrato de un cineasta”, porque al intentar retratarme a mí, Riondino se retrató más a sí mismo : el gran artista, el gran amigo, el gran intelectual que era, o que es, con su bonhomía y su coherencia y su capacidad de admiración intactas. Por cierto, no sé cuándo ni dónde leí que la capacidad de admiración a otros es la mayor prueba de altura intelectual que puede tenerse. En este sentido, David Rioindino era monumental, modélico, un ejemplo a seguir por todo aquellos que pueblan este universo cada vez más lleno de egos indomesticables.
Pues bien, mi hermano italiano, David Riondino, acaba de abandonar el tiempo-espacio que compartíamos y yo acabo de regresar de Roma, de su casa, de verlo por última vez, de velarlo en familia. Debo confesar que este ha sido mi primer velatorio casero, una experiencia, como le comenté a un amigo común, “aprietahuevos”. “Velorio”, decimos en Cuba, pero la palabra “velatorio”, al tener una sílaba más, pesa y dura más y duele más y está más a tono con mis emociones.
No es esta mi primera experiencia con la muerte de seres queridos, no. Me recuerdo aún, muy joven, con apenas veinticuatro años, llorando a mi padre hasta convertirlo en un extenso poema, un texto que, literalmente, me salvó la vida. Y me recuerdo, hace apenas nueve años, llorando a mi hermano Marcelo, el otro poeta de la familia, que me hizo volar desde Tokio hasta La Habana, pero no llegué a tiempo tampoco, no alcancé a verlo con vida, solo pude tocar y besar su frente para certificar su fuga y despedirlo en prosa, porque los versos ya no me salían. Y muchos años después le escribí este soneto.
HERMANO
A nadie que conozco se le ha muerto
el hermano más fuerte que tenía.
El duro, el tipo grande, el que podía
salvar a los demás. Yo los advierto:
Si tienes un hermano tan hermano,
tan padre protector, tan guardaespaldas,
protege sobre todo tus espaldas:
siempre hay picor donde no alcanza mano.
Ayer fui al fisio y no entendía nada.
Lumbalgia. Luxaciones. Contractura.
¡Tú no tienes edad para esta ausencia!
¿Quiropráctico tú? Tengo lisiadas
la risa y la emoción: mis parte duras.
Qué atrasada, por Dios, está la ciencia
Incluso, me recuerdo, dos años antes de la fuga de Marcelo, con otra hermana, Caridad, muerta en mis brazos, más triste imposible, yo roto de dolor, despidiendo a la más inocente de toda mi familia, que solo tenía cuarenta y cinco años. A ella también, años más tarde, le dediqué un soneto.
HERMANA
A nadie que conozco se le ha muerto
una hermana en los brazos. A mí, sí.
La abracé, la besé, la cargué y
no saben cuánto pesa el desconcierto.
Caridad era gorda y yo, por cierto,
la recuerdo ligera. No sentí
el peso de su cuerpo, no sufrí
por la gravitación del peso muerto.
Han pasado los años y mis brazos
conservan como un molde en plastilina
el hueco que mi hermana me dejó.
La familia cayéndose a pedazos.
el llanto convirtiéndose en rutina
y un huérfano de hermana muerto en vida (yo).
Pero en estos tres casos (padre, hermano, hermana) el velatorio había sido público, en una triste y fría funeraria habanera, rodeado de parientes, vecinos, amigos y desconocidos. Y el dolor era hondo, sí, profundo, sí, inefable, pero compartido, o, por lo menos, diluido entre tantos. En mis tres experiencias anteriores no pude conversar durante largo rato a solas, son ellos. Ni con Marcelo, ni con Caridad, ni con mi padre. Pero con mi fratello Riodino fue distinto. Estábamos en Roma, en la sala de su casa, la que tantas veces fue la mía; estábamos prácticamente solos, su simpática esposa, Giovana, su mejor escudero, Raffaele Rago, y yo, ejerciendo de anfitriones de un desfile de músicos, actores, escritores, filósofos, todos amigos y colegas y compañeros de David en la vida y el arte, el círculo más íntimo de los que venían también a llorarlo, a despedirlo, a certificar su fuga. Por aquella sala, en la que no quedaba ni un centímetro sin libros o sin obras de arte (cuadros, esculturas, fotos), durante varias horas vi renacer sus anécdotas, su poesía y su música, sí, su música. Durante largo rato escuchamos sus canciones, desde móviles conectados por bluethooth a altavoces caseros, lo escuchamos cantar, reír, rectar, con él ahí, delante. Su música, su poesía, sus sketch de fino e inteligente sentido del humor. Y reconozco que no hubo mejor homenaje que ese: saberlo vivo en tantos vídeos y grabaciones, sentir y disfrutar su obra, su legado. Y allí, en su sala, muchas veces a solas, yo apenas hablaba con nadie, pero me acercaba a su cuerpo, y conversaba con él, en voz muy baja, siempre con un introductorio, “del carajo, poeta”, o “coño, poeta” o un más íntimo y lánguido, “David, mi hermano”. Muchas cosas pensé, con él ahí, en silencio. Lo más recurrente fue constatar, mirando en derredor, lo que ya he dicho en otros poemas de otros libros: todos nos rodeamos de cosas que nos sobreviven.
Ahí estaba David, pero no estaba. Ahí estábamos nosotros, acompañando al no-David que era David Riondino, arropándolo, llorándolo cada uno a su manera, pero yo sabía que después me tocaría escribir algo más, porque esta es mi manera real de llorar a los míos. Y esa noche regresé al estudio de Rafaelle Rago, sabiéndolo, pero no pude escribir nada. Esa noche no podía ni escribir ni dormir, así que estuve hasta las tres de la mañana visionando videos de Riondino en internet, fragmentos de su trabajo en la televisión, en la radio, en los teatros, dimensionando así su obra, en la justa medida. Y siguiendo en las redes sociales múltiples condolencias, reeles, fotos, comentarios. Toda Italia golpeada, recordándolo. Y me dormí con la imagen del no-David atravesada entre los párpados.
Yo había amanecido esa mañana del 30 de marzo, ya en Roma , en el estudio de Raffaele Rago, y nada más abrir los ojos había recibido un mensaje escueto de un amigo común, Elvio Ceci, poeta y traductor: “Alexis, David nos ha dejado”. Creo que él no sabía que yo ya estaba en Roma. Y así, con esa padrade de cinco palabras en el pecho, sin salir de la cama comencé a escribir los sonetos qué compartí en redes, “Adiós, Riondino”, versos dictados a la vez por el dolor y la impotencia de no haberlo podido ver con vida y abrazarlo, y reírnos y proyectar la siguiente película.
Alexis Díaz Pimienta y David Riondino
ADIÓS, RIONDINO
1.
Adiós, Riondino, mi mejor amigo.
Se dice fácil, pero duele hondo.
Una nueva orfandad, otro castigo.
Un pozo ciego y uno, yo, en el fondo.
Acabo de perder a un gran amigo.
Vine a verlo, llegué y ya había muerto.
Qué sábado tan lunes. Soy testigo
del más desconcertante desconcierto.
Hablamos por WhatsApp hace unos días.
Teníamos proyectos, más proyectos.
Estábamos venciendo lo imposible.
Pero la vida suma tropelías.
Pero la muerte tiene mil defectos.
Y el defecto mayor: lo irreversible.
2.
Adiós, poeta, Don Quijote en Roma.
Se queda Sancho a pie y desorientado.
Adiós, amigo. El mundo se desploma
y no lo quieres ver: te has hecho a un lado.
Adiós, poeta. El sol se queda en coma.
Queda tu voz, tu humor exagerado.
Y tu ingenio feliz en cada idioma.
Y tus ganas de estar en cualquier lado.
Tantos recuerdos llegan: Cuba, Siena,
Florencia, Shakespeare, Alatiel, el vino,
San Francisco de Asís y el trompetiere.
Vaya nueva orfandad. Otra vez, pena.
Otra vez un entuerto y un molino.
Pero un Quijote, si hay qué hacer, no muere.
3.
Habíamos hablado muchas veces
del posible final. Tú, haciendo chistes.
El tiempo tiene pliegues y dobleces,
y en uno de ellos duermen hoy los tristes.
Me asaltan otra vez tantos recuerdos:
la ottava rima, el malecón, Giovanna,
nuestra afición a ir reclutando cuerdos,
tus chaquetas romanas en La Habana.
Y hoy ya Roma no está. Se acabó Roma.
Baja el telón. Se esconden los sombreros.
Nadie traduce tu silencio, amigo.
¿O es tu último gag, tu última broma?
¿Los últimos seremos los primeros?
Yo, por si acaso, sigo aquí, contigo.
4.
Traductor. Humorista. Repentista.
Poeta y cantautor. Actor. Cineasta.
Simpático juglar iconoclasta.
Cantastori de voz renacentista.
Con tus sombreros del siglo pasado.
Con tus bufandas de un invierno propio.
Sombra chinesca en un caleidoscopio,
así te veo en todo, eternizado.
Te reirías viendo mi tristeza.
Harías un guion sobre el asombro,
las ojeras, las lágrimas, las grietas.
Con una obra maestra en la cabeza,
estarías feliz, cámara al hombro,
rodando “Cómo lloran los poetas”.
Ese triste domingo terminé de escribirlos, llamé un Uber y llegué a la que fue durante casi treinta años mi casa en Roma, para encontrarme con Giovava y a Raffaelle, para verlo. Y aún siento, vívido, cálido, el abrazo de Giovana y su llanto en mi hombro. ¡El hermano!, me dijo, recordando que David decía que él y yo éramos hermanos. Y allí estuve, con él, como uno más de la familia, hasta que anocheció y volví al estudio de Raffaele, a descansar un poco, a intentar recuperar algo de fuerzas. Me sentía sin fondo, cómo dejó tan bien dicho Vallejo en la elegía a su hermano Miguel: “Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa / ¡donde nos haces una falta sin fondo!”
Y cuando volví a su casa, a la mañana siguiente, lunes, encontré a mi querida Giovana, sola con David, rodeada de periódicos, de tabloides italianos que ocupaban toda la mesa del salón y dedicaban portadas, editoriales, columnas y necrológicas al gran David Riodino, “artista poliédrico”. “Il poeta e lo Sgurz”; “Eravamo i ragazzi dell’Elfo. In suo onore canto Maracaibo” (Paolo Rossi); “Addio a Riondino, giullare colto fra poesía, tv, musica e teatro”;“Addio al giullare colto che fece anche ballare”; “Ero operario all’arsenale militare. Vederlo in escena mi cambió la vita” (Dario Vergassola). Todo el país, toda Italia, estaba conmovido.
Otra vez estábamos solos, Giovana, Raffaelle Rago, David Riondino y yo, solos los cuatro, como tantas veces en la vida. Y otra vez era David el protagonista de nuestro encuentro, el centro de las charlas, el hilo conductor de nuestras emociones. Entonces, las últimas horas allí dentro se me empezaron a llenar de palabras, de versos, de recuerdos, de evocaciones, todo muy triste, pero a la vez muy cálido. Entraban y salían nuevos amigos y colegas. Unos traían flores, otros ramos de olivo (era Semana Santa, el día anterior Domingo de Ramos), otros grandes manojos de silencio. Todos se acercaban a David, se secaban las lágrimas, y lo miraban durante largo rato; algunos le tocaban las manos, tan cuidadosamente cruzadas sobre el vientre; algunos el pecho, con ternura y suavidad. Más de una vez Giovana le arregló la chaqueta, pendiente, como en vida, de la imagen del poeta. Yo, simplemente, los miraba, lo observaba todo.
Sabía que tendría que escribir algo, más tarde, por mero espíritu de supervivencia, aunque no sabía cuándo ni qué. ¿Prosa, poesía? A veces los poemas elegíacos salen tardíos, cuando el poeta doliente termina de procesar el duelo. Aunque hay excepciones. Mi poema Versos al padre, una elegía de 1993, nacieron en mi cabeza y luego en una libreta, manuscritos, durante la misma ceremonia fúnebre, mientras iba del hospital a la funeraria, y luego allí, junto al féretro de hombre que me enseñó a improvisar, y más tarde viajando de la funeraria al cementerio. Y cuando llegué a mi casa, y estuve solo en mi “cuarto de mala música”, ya el poema estaba hecho. Fue inmediato. Pero esta vez no sabía cuándo escribiría sobre esta orfandad de un hermano italiano; solo sentía la misma piedra en la boca del estómago.
Y el momento llegó, ese mismo día, cuando se completaron mis doce horas con David, después de despedirme de Giovana y de Raffaele. Esta vez fueron sonetos blancos, escritos en el móvil, primero en el metro, desde Agnese a Roma Termini, luego en el tren, de Termini al aeropuerto de Fuimicino, y, finalmente, en el avión, durante el vuelo de Roma a Sevilla. Las azafatas y mis dos compañeras de asiento en aquel vuelo nunca pudieron entender mi rostro duro, mi golpeteo rabioso en la pantalla del teléfono, disparando letras, sílabas, palabras, versos, textos que intentaban reconstruir la triste experiencia vivida en la Via Spalato. Este, “Sonetos blancos, velatorio negro” es un largo poema formado por sonetos sin rima, porque ante la aspereza de la muerte no me valían, creo, los artificios retóricos, nada que pudiera edulcorar tanto dolor y disfrazarlo de arte. Son poemas, sí, pero también son reflexiones de estilo riondínico. Son otra despedida al maestro, al amigo, al hermano poeta que tanto me acompañó y me enseñó en las últimas décadas.
He aquí, entonces, mi otro homenaje, que no será el último, por supuesto, porque Raffaelle, Giovana y yo nos hemos propuesto que su legado no se quede intacto, sino que crezca y se ramifique, tan ecléctico y poliédrico como él fue en vida, por Italia, España, Cuba y el resto de Latinoamérica. Así que con estos versos no me despedí de Riondino, solamente, como dice una famosa canción cubana, “me alejé un poquito”. Pero la imagen de su cuerpo callado, allí delante, despidiéndonos él, más que siendo despedido, sigue intacta en mi memoria y vívida en mis versos.
SONETOS BLANCOS, NEGRO VELATORIO
1-.
Aquí estás, cuerpo, solo, con los tuyos.
Tus libros. Tus adornos. Cuadros. Muebles.
Y aquel premio ganado hace muy poco.
Y tu foto, tan joven, con sombrero.
Aquí estás, cuerpo. Te miran los tuyos.
Tus discos. Tus cojines. Tus alfombras.
Periódicos. Botellas. Suvenires.
Todo tú repartido en cosas pálidas.
Aquí estás, cuerpo, lleno de silencio.
Envasado al vacío. Frío y serio.
Un cuerpo horizontal y bien vestido.
Te miro y no me ves. Te hablo y no escuchas.
Toco tu antigua piel, pienso en voz alta.
Aquí estás, cuerpo, pero falta Dávide.
2-.
Un féretro en la sala de la casa
es más que un féretro, una marca de agua,
un golpe seco en todos los estómagos,
una danza de lágrimas ocultas.
Un féretro en la sala de la casa
con el amigo dentro, blanco, inmóvil,
tan elegante hoy, tan bien peinado,
oyéndonos llorar sobrecogidos.
Un féretro en silencio, equilibrado.
Y el miedo en diagonal. Y la tristeza
en diagonal al miedo. Y las gargantas
todos con nudos perpendiculares
al cuerpo horizontal. Un simple féretro.
Y la música sorda sobre el aire.
3-.
El aire estaba roto. Irreparable.
Oxígeno con vidrios interiores.
Hidrógeno con piedrecitas vírgenes.
Dióxido de recuerdos tan volátiles.
El aire nos prestaba algunos átomos.
Transacción indolora. Ecco, seguimos.
Y la palabra “ya” bailando sola.
Y la pregunta “¿ya?” descascarándonos.
Un féretro contigo no eres tú.
Me niego a redondear hacia el olvido.
No es domingo. No es Roma. No tres veces.
Hoy marzo amaneció primaveral,
absurdamente, lleno de colores.
¿O fue tu último truco? Tiene lógica.
4-.
No es mi primera vez con un cadáver.
Pero sí la primera tan a solas,
con tanta intimidad, tiempo y deseos
de hablar de nuestras cosas. El silencio
tiene algo de salvaje pertinencia.
Permaneces en él, cómodamente.
Te miro y te hablo y te interrogo, incluso.
Doy vueltas por la casa y vuelvo a verte.
Mastico y bebo para seguir vivo
Y regreso a mi posta, junto al féretro.
No es mi primera vez, pero es distinto.
Afuera sigue marzo, ajeno a todo.
Yo, simplemente, hablo contigo y pienso.
Tu cadáver y yo somos amigos.
5-.
Cuerpo, cadáver, féretro, silencio.
Solo palabras, ¿ves?, siempre es lo mismo.
Baja el telón. Sube el telón. La muerte.
Sube el telón. Baja el telón. ¿Riondino?
Todo es teatro. Cierto. Todo es juego.
¿Por qué va a ver distinto este domingo?
Baja el telón. Sube el telón. Silencio.
Sube el telón. Baja el telón. ¿Riondino?
Es un teatro tan contemporáneo
que el público no asiste, se conforma
con oírlo en la radio, con periódicos
que aplauden, hipan, sudan tinta y tiempo.
Y se ponen de pie. Todos, contigo.
De pie sobre sus risas lacrimógenas.
6-.
En Roma y en Florencia y en La Habana
huelga de ojos y tímpanos y manos.
Baja el telón. Sube el telón. Un féretro.
Sube el telón. Baja el telón. ¿Riondino?
Y aquí estoy yo. Velando no sé qué.
Y unas ramas de olvido. Y unas flores.
Y una vela amarilla, lagrimeante.
Y tus zapatos, que nos miran, serios.
El miedo no se va, pero tampoco
se queda, porque el miedo es tan volátil
que entra y sale y regresa y se refugia
en tu música viva, vitalísima.
Y nos reímos junto a tu cadáver.
Todos tan tú que parecemos otros.
7-.
Y no puedo evitar —creo que nadie—
Imaginarme con tu ropa puesta,
con tu silencio bien planchado y sobrio,
imaginarme, yo, protagonista
de tu última película. Yo, dentro.
Seguramente, tú harías lo mismo.
Afuera marzo coloniza olfatos.
Sigue el desfile de colegas rotos
y a Giovana le cuesta acostumbrarse
a la palabra “viuda”, tan bisílaba.
Y no puedo evitarlo. Tomo notas.
“Seguir horizontal es importante”.
“El llanto es esporádico y copioso”.
“No todos los silencios son iguales”.
8-.
Un féretro. Un cadáver. Un amigo.
Una casa infeliz, en Roma, en marzo.
Y vidrios con absurda transparencia.
Todo empezó en Florencia, en la Toscana,
a mediados de un siglo ya finito
cuando ni las guitarras ni las cámaras
sospechaban que el llanto del naciente
era puro histrionismo, un primer paso
hacia la obra total, última, esta.
Muchas vidas después, fiel a ti mismo,
te dejas maquillar. Cámaras. Luces.
La vela parpadea. El aire tose.
Y aquí estás, cuerpo, solo, con los tuyos.
Aquí estás, cuerpo, pero falta Dávide.
Alexis Díaz-Pimienta
Roma-Sevilla,
31 de marzo de 2026
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