Nunca ambicioné condecoraciones, galardones, ni honores, y aunque sin esperarlos he recibido muchos, ni en mis más osados y atrevidos sueños imaginé que un grupo de mis colegas me otorgarían El Premio Nacional de Música, y aquí está el niño disléxico de Fontanar, hoy con bigote y un tonel de años a sus espaldas recibiéndolo de brazos de sus amados y admirados hermanos de profesión.
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Entregan a Amaury Pérez Vidal el Premio Nacional de la Música 2025
Buenas tardes.
Cuando en el verano de 1969 transitaba mis 15 años musicalicé dos poemas de los autores Fayad Jamis y Otto Fernández, no imaginé, ni pretendí, que el oficio de co-escribir o escribir canciones me acompañaría durante toda mi vida. Entonces era apenas un niño tímido y desangelado, agobiado ya, a esa temprana edad por cámaras, luces y estudios de televisión, por eso aquellas dos canciones fueron más un divertimento que un destino.
Me fascinaba la música, claro, mi hogar en Fontanar funcionaba como una suerte de amalgama sonora donde convivían en dudosa armonía el jazz de Duke Ellington, los boleros de Benny Moré, las canciones de Los 5 Latinos, las de la italiana Katina Ranieri junto a las canciones tradicionales cubanas entonadas por mi abuelo Alcibiades como una letanía crepuscular y las de la abuela Delfina, gallego-asturiana, que terminamos todos por aprenderlas en una coral chusca y desentonada.
Mis anhelos de aquellos años se encaminaban hacia la medicina, me imaginaba con mi bata blanca y el estetoscopio al cuello salvando almas y vidas en los corredores de cualquier hospital, cuando el eminente clínico, médico personal de mi madre, el Dr. Díaz Canel, que ejercía sus sanadoras funciones en el Hospital Nacional me confirmó, ante una ingenua pregunta que la medicina se estudiaba toda la vida, y en ese momento mis ilusiones se desvanecieron hasta formar parte del desorden bipolar que me acompañaba y mis ojos estrábicos se posaron en la guitarra del abuelo; han transcurrido 57 años desde aquel 1969 inolvidable.
Adiestré mis dedos y con un puño de palabras en la diestra y otro puño de melodías en la siniestra compuse más de 500 canciones y registré en 40 fonogramas las que navegaron con más suerte.
Entretanto se multiplicaron las giras, los escenarios, los reflectores, los aplausos y regresé a la televisión de la que renegué al principio de este texto.
Nunca ambicioné condecoraciones, galardones, ni honores, y aunque sin esperarlos he recibido muchos, ni en mis más osados y atrevidos sueños imaginé que un grupo de mis colegas me otorgarían El Premio Nacional de Música, y aquí está el niño disléxico de Fontanar, hoy con bigote y un tonel de años a sus espaldas recibiéndolo de brazos de sus amados y admirados hermanos de profesión.
Gratitud e incertidumbre se mezclan en este momento que sin dudas es el más importante de mi carrera.
Dice un proverbio árabe que en la vida uno va sembrando árboles bajo cuya sombra sabe que no se sentará.
Espero humildemente, que algunas de mis canciones logren cobijarse bajo el frescor tropical de ese bosque que con insistencia y muchas dudas he sembrado.
Gracias al jurado, gracias a amigos y enemigos, gracias a los que acompañaron cada nota, cada texto, cada imagen.
Palabras de Amaury Pèrez en la entrega del Premio Nacional de Música.
Cantautor cubano. Fundador de la Nueva Trova. Ha conducido varios espacios exitosos en la televisión nacional. Ha escrito varias novelas y poemas.
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Cultura – Cubadebate
