Cómo miles de hombres, mujeres y niños arrancados de África occidental construyeron contra su voluntad y bajo el yugo del amo a la riqueza aurífera del Chocó, y cómo, entre amancebamientos, manumisiones y rebeliones, forjaron una libertad que la República les prometió pero les hizo pagar dos veces
Articulo elaborado con IA.
De los reinos de África occidental a las cuadrillas del Atrato
Cuando los primeros conquistadores españoles llegaron al territorio que hoy es el Chocó, encontraron pueblos indígenas entre ellos los citaráes, del río Atrato que resistieron ferozmente la ocupación. Hacia la década de 1680, uno de los grupos indígenas que habitaban la región, los citará, se había rebelado contra los colonos y sus crecientes exigencias, y masacró a tantos españoles como pudo sorprender.
Fue la derrota de los líderes rebeldes lo que marcó un punto de inflexión en el destino de los pueblos del Chocó: pacificada finalmente la región, los españoles comenzaron a poblarla en números crecientes, la población esclava creció a un ritmo acelerado y la explotación de los yacimientos de oro se inició en serio.
Fue entonces cuando comenzó a llegar, en cantidades masivas, la mercancía humana que sostendría la minería aurífera: hombres y mujeres africanos, arrancados de sus tierras y vendidos como bienes. Se estima que hasta un millón de africanos pudieron haber sido llevados por la fuerza a Cartagena a lo largo de los tres siglos de trata transatlántica, y un análisis de los registros de viajes esclavistas transatlánticos entre 1533 y 1810 documentó la llegada de unos 550.000 africanos a Cartagena, puerto principal de entrada al Nuevo Reino de Granada.
Se cree que los africanos llegaron por primera vez al Chocó ya en la década de 1670, traídos por españoles en busca de oro. Uno de los primeros relatos narrativos sobre la presencia africana en el Chocó data de 1690, cuando una cuadrilla un grupo de trabajo esclavo de entre 30 y 100 individuos fue enviada desde Popayán a trabajar en las minas de oro de la región.
El crecimiento fue vertiginoso: la población de esclavos africanos en el Chocó había crecido a unos 2.000 hacia 1724, y en 1778 había cerca de 5.800 esclavos y 3.300 negros libres viviendo en el Chocó. Los afrocolombianos ya eran una mayoría sustancial en la región para entonces, constituyendo el 61% de la población, frente a un 37% de componente indígena y apenas un 2% blanco.
¿De qué pueblos y lenguas de África venían?
El historiador y lingüista Germán de Granda estudió una matrícula de esclavos de 1759 conservada en el Archivo Nacional de Colombia elaborada durante una «visita de Gobierno» a las provincias del Chocó por el gobernador Francisco Martínez, documento clave para rastrear el origen étnico de los africanos traídos a Nóvita y Citará. Según investigaciones basadas en ese tipo de registros, más de la mitad de las personas esclavizadas que llegaron a la Provincia del Chocó eran de origen kwa, principalmente de los subgrupos akan y ewe (Kiddle) pueblos de la actual Ghana y Costa de Marfil. En segundo y tercer lugar llegaban los procedentes de la Costa de Oro (los llamados «minas») y del golfo de Benín (ararás, chalás, popós y lucumís); entre 1726 y 1750 estos últimos fueron desplazados del segundo lugar en volumen demográfico por los procedentes del golfo de Biafra, los carabalís.
A escala más amplia del Virreinato, otro estudio señala que los africanos esclavizados procedían sobre todo de las regiones y culturas de Cabo Verde, Guinea, Sierra Leona, arará, mina, carabalí, Congo y Angola, en África occidental, perteneciendo al área cultural de la familia lingüística bantú. Estos hombres y mujeres no llegaban como una masa homogénea: cargaban consigo saberes técnicos y culturales que la historiografía reciente reivindica. Como recuerda un estudio sobre políticas públicas afrocolombianas, es preciso trascender la mirada centrada solo en el proceso generador de plusvalía, para considerar la creatividad de los africanos esclavizados en todos los contextos de producción, en los cuales también fueron explotados como portadores de un continente que había acumulado ricas experiencias en minería, herrería, orfebrería, agricultura, ganadería, artes culinarias, médicas y mágicas, entre otras.
El comercio tenía tarifas según el «grado de aculturación»: en el Pacífico se vendían por unos 300 pesos de plata si eran «bozales» (nacidos en África), y entre 400 y 500 si eran «criollos» (nacidos en América).
Las cuadrillas: la máquina humana del oro
El régimen de trabajo en Citará y Nóvita se organizó en torno a la cuadrilla minera, unidad productiva y también, paradójicamente, espacio de reconstrucción de vínculos familiares y de parentesco entre los esclavizados. Investigaciones de Germán Colmenares y William Sharp citadas en estudios sobre cimarronaje en la región muestran que con el transcurrir de los primeros años del siglo XVIII, las cuadrillas aumentaron de manera significativa por la necesidad de mano de obra para la explotación minera. Este proceso de crecimiento de la población negra esclava continuó hasta 1780, cuando la caída en la rentabilidad de las minas y la manumisión condujeron a una nueva transformación: la población libre descendiente de esclavos comenzó a aumentar en detrimento de quienes seguían sometidos.
Dentro de las cuadrillas existían jerarquías internas. Un estudio sobre la esclavitud en Nóvita anota que incluso quienes no podían realizar trabajos físicos coordinaban tareas dentro de la cuadrilla, y es posible que ejercieran liderazgo entre sus miembros y su parentela.
Amancebamientos: afecto, coerción y la trampa de la «ley de vientres»
Uno de los aspectos menos visibles y más ambiguos de la esclavitud en el Pacífico neogranadino fueron las relaciones sentimentales y sexuales entre amos y esclavizadas, un fenómeno documentado en pleitos judiciales de la época. Un estudio sobre este tipo de causas judiciales en el suroccidente colombiano describe el caso de una esclava cuyo amo le había prometido la libertad, pero con la condición de que solo se hiciera efectiva tras darle varios hijos, en el marco de lo que se conocía como «ley de vientres»: los cinco hijos quedarían en estado de esclavitud al presumirse que habían sido engendrados en la nueva relación. En el litigio se enfrentaron la esclava que luchaba por su libertad, el amo que insistía en mantenerla en esclavitud, y la Iglesia, que a través del mayordomo de la cofradía pretendía intervenir. Finalmente, un testigo dio fe de haber escuchado al amo prometer la libertad a la esclava hasta cuando le «ajustara» cinco hijos, y en vista de que ya había cumplido a cabalidad ese desafío, la mulata era merecedora de ser libre.
Este tipo de casos que se replicaron en el Chocó, según revela el ensayo académico «Pido se me ampare en mi libertad» ilustran un terreno donde coexistían intereses económicos, sociales y afectivos de amos y esclavos, y donde la libertad se disputaba como un acto de la vida diaria, en una compleja trama de afectos, intereses económicos y valores propios de la época. El mismo trabajo subraya que el protocolo legal y la presión social impidieron a muchos amos expresarse abiertamente sobre los motivos para otorgar libertades, pero ciertos documentos permiten leer, entre líneas, escenarios microsociales complejos.
Manumisión: comprar la propia libertad
La manumisión el acto jurídico de liberar a una persona esclavizada fue en el Chocó colonial más una transacción económica negociada palmo a palmo que una dádiva. Historiadores como William Sharp documentaron que las cartas de compra de libertad eran frecuentes: aunque se pueden conseguir fácilmente muchas facturas de venta a menudo referentes a manumisión, las evaluaciones totales de cuadrillas completas solo se hacían tras la muerte de un propietario, para adelantar la sucesión, o cuando la Corona embargaba las propiedades de un individuo acusado de contrabando.
El verdadero punto de quiebre llegó con la República. En el Congreso de Angostura, en 1821, se promulgó la célebre Ley de Manumisión o «libertad de vientres», que se convirtió en modelo para otros procesos abolicionistas del continente: en Colombia se crearon leyes de abolición gradual, primero en Cartagena (1812), luego en Antioquia (1814) y, posteriormente, en el Congreso de Angostura con la Ley de Manumisión de 1821. Esta ley, creada bajo el gobierno republicano, sirvió como modelo de emancipación durante la primera mitad del siglo XIX para los políticos abolicionistas de Inglaterra, Estados Unidos, Portugal y Brasil.
Pero la promesa republicana escondía una trampa que la historiadora Yesenia Barragán —autora de Freedom’s Captives: Slavery and Gradual Emancipation on the Colombian Black Pacific (Cambridge University Press, 2021)— ha descrito minuciosamente para el caso chocoano.
Barragán examina cómo esclavizados y libres de ascendencia africana navegaron las trampas sociales que surgieron entre la promulgación de la Ley del Vientre Libre en 1821 que ordenaba que los hijos nacidos de madres esclavizadas no heredaran su condición legal y la abolición formal final de la esclavitud en 1852.
A ese lapso de treinta y un años la autora lo llama «tiempo de la regla de la emancipación gradual», y sostiene que fue un momento histórico particular en el que los esclavistas, paradójicamente, reforzaron la explotación y disciplinamiento de los cautivos bajo un sistema esclavista en declive.
En la práctica, según recoge una reseña académica del libro en la revista Fronteras de la Historia, muchos niños nacidos «libres» quedaban atados igualmente al amo de su madre: incluso algunos pagaron sus propios alimentos para separarse antes de sus «amos», lo cual originó lo que Barragán denomina «mercado de cautivos libres». Las llamadas juntas de manumisión, creadas para tramitar las liberaciones, funcionaron activamente en la capital chocoana: el estudio menciona específicamente registros de Quibdó entre 1821 y 1832 como fuente documental de este proceso. Colombia abolió la esclavitud de manera definitiva solo hasta 1852.
Cimarronaje y revueltas: cuando la mercancía se rebeló
La resistencia esclava en el Chocó no se limitó a la vía legal. Uno de los episodios más notables fue narrado por la historiadora Caroline Hansen y retomado en estudios sobre cimarronaje: en 1728, en Tadó, se produjo un levantamiento protagonizado por esclavos de origen jamaiquino, vinculado a la llamada «primera guerra cimarrona» caribeña. Según el artículo académico dedicado al episodio, a principios del siglo XVIII se presentó una rebelión en Tadó, Gobernación del Chocó, que por el período, origen de los alzados, sus objetivos y acciones, estaba en relación con los levantamientos de esclavos ocurridos en Jamaica.
Uno de los cabecillas, apodado «Mina», tomaba su apelativo de la Costa de Oro, cercana a un fuerte que tuvieron los portugueses llamado Elmina un dato que confirma cómo los propios rebeldes conservaban y proclamaban su origen étnico africano como parte de su identidad de resistencia. El título del artículo académico que documenta este alzamiento retoma, precisamente, una frase atribuida a los sublevados: «Matar a los blancos buenos es, luego Choco acabará».
Décadas antes, el propio territorio había sido escenario de otro alzamiento, esta vez protagonizado por los pueblos indígenas citaráes de quienes la provincia tomó su nombre: la llamada rebelión de los Citaráes (1684-1685), documentada por Hansen y por el historiador William Sharp en Slavery on the Spanish Frontier: The Colombian Chocó, 1680-1810.
El cimarronaje la huida hacia palenques o asentamientos autónomos en la selva fue una constante en todo el litoral Pacífico y el norte de la Nueva Granada. Un estudio sobre el fenómeno en la región recuerda que hacia 1598 en Zaragoza, y en 1607 en Remedios (Antioquia), esclavos negros de las rancherías mineras se levantaron violentamente y se fortificaron en palenques, causando perjuicios al comercio, a la vida de las ciudades y a la labor de las minas, mientras que otro de los alzamientos más relevantes de la región fue el dirigido por Domingo Biohó, quien se refugió con sus seguidores en la Ciénaga de la Matuna.
También en el terreno jurídico, no solo en el de las armas, se libraron batallas por la libertad. El ensayo «Pido se me ampare en mi libertad» documenta cómo los esclavizados del Chocó entre 1710 y 1810 desplegaron formas de agenciamiento mediante el trabajo propio, las redes de parentesco y el uso de recursos legales como la petición de refugio y la compra de libertad, además de estrategias de oposición y consentimiento orientadas a mejorar, atenuar o cambiar su situación de cautiverio.
Un legado que persiste
Hoy, en Quibdó, el Centro de Memoria Afrodiaspórica Mantú Buntú fundado por el historiador Sergio Mosquera guarda ese pasado en su propia arquitectura: un espacio con fachada en forma de barco negrero que resguarda el patrimonio cultural africano.
Estudios genéticos recientes confirman la huella profunda de ese pasado en la población actual: consistente con los resultados observados en poblaciones mestizas de América Latina, el Chocó muestra un patrón asimétrico y específico por sexo en su componente de ascendencia no africana, con ascendencia predominantemente indígena por línea femenina y europea por línea masculina, huella biológica de siglos de amancebamientos forzados y de mestizaje bajo relaciones de poder desiguales.
Fuentes y referencias citadas
Barragán, Yesenia. Freedom’s Captives: Slavery and Gradual Emancipation on the Colombian Black Pacific. Cambridge University Press, 2021. (Traducción al español: Cautivas de la libertad, Editorial Planeta/Universidad de los Andes).
De Granda, Germán. «Los esclavos del Chocó. Su procedencia africana (siglo XVIII) y su posible incidencia lingüística en el español del área». Thesaurus: Boletín del Instituto Caro y Cuervo, 43(1), 1988, pp. 65-80.
Hansen, Caroline. «La rebelión de los Citaráes en el Chocó, 1684-1685». En Colombia — Pacífico, Bogotá, Fondo FEN, t. I, 1993, pp. 379-396.
Sharp, William. Slavery on the Spanish Frontier: The Colombian Chocó, 1680-1810; y «La rentabilidad de la esclavitud en el Chocó», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, No. 8, 1976.
«Matar a los blancos buenos es, luego Choco acabará. Cimarronaje de esclavos jamaiquinos en el Chocó (1728)». Fronteras de la Historia, No. 2, vol. 2, 1998.
«Pido se me ampare en mi libertad. Esclavizados, manumisos y rebeldes en el Chocó (1710-1810) bajo la lente colonial
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Cómo miles de hombres, mujeres y niños arrancados de África occidental construyeron contra su voluntad y bajo el yugo del amo a la riqueza aurífera del Chocó, y cómo, entre amancebamientos, manumisiones y rebeliones, forjaron una libertad que la República les prometió pero les hizo pagar dos veces Articulo elaborado con IA. De los reinos … Leer más
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Cómo miles de hombres, mujeres y niños arrancados de África occidental construyeron contra su voluntad y bajo el yugo del amo a la riqueza aurífera del Chocó, y cómo, entre amancebamientos, manumisiones y rebeliones, forjaron una libertad que la República les prometió pero les hizo pagar dos veces
Articulo elaborado con IA.
De los reinos de África occidental a las cuadrillas del Atrato
Cuando los primeros conquistadores españoles llegaron al territorio que hoy es el Chocó, encontraron pueblos indígenas entre ellos los citaráes, del río Atrato que resistieron ferozmente la ocupación. Hacia la década de 1680, uno de los grupos indígenas que habitaban la región, los citará, se había rebelado contra los colonos y sus crecientes exigencias, y masacró a tantos españoles como pudo sorprender.
Fue la derrota de los líderes rebeldes lo que marcó un punto de inflexión en el destino de los pueblos del Chocó: pacificada finalmente la región, los españoles comenzaron a poblarla en números crecientes, la población esclava creció a un ritmo acelerado y la explotación de los yacimientos de oro se inició en serio.
Fue entonces cuando comenzó a llegar, en cantidades masivas, la mercancía humana que sostendría la minería aurífera: hombres y mujeres africanos, arrancados de sus tierras y vendidos como bienes. Se estima que hasta un millón de africanos pudieron haber sido llevados por la fuerza a Cartagena a lo largo de los tres siglos de trata transatlántica, y un análisis de los registros de viajes esclavistas transatlánticos entre 1533 y 1810 documentó la llegada de unos 550.000 africanos a Cartagena, puerto principal de entrada al Nuevo Reino de Granada.
Se cree que los africanos llegaron por primera vez al Chocó ya en la década de 1670, traídos por españoles en busca de oro. Uno de los primeros relatos narrativos sobre la presencia africana en el Chocó data de 1690, cuando una cuadrilla un grupo de trabajo esclavo de entre 30 y 100 individuos fue enviada desde Popayán a trabajar en las minas de oro de la región.
El crecimiento fue vertiginoso: la población de esclavos africanos en el Chocó había crecido a unos 2.000 hacia 1724, y en 1778 había cerca de 5.800 esclavos y 3.300 negros libres viviendo en el Chocó. Los afrocolombianos ya eran una mayoría sustancial en la región para entonces, constituyendo el 61% de la población, frente a un 37% de componente indígena y apenas un 2% blanco.
¿De qué pueblos y lenguas de África venían?
El historiador y lingüista Germán de Granda estudió una matrícula de esclavos de 1759 conservada en el Archivo Nacional de Colombia elaborada durante una «visita de Gobierno» a las provincias del Chocó por el gobernador Francisco Martínez, documento clave para rastrear el origen étnico de los africanos traídos a Nóvita y Citará. Según investigaciones basadas en ese tipo de registros, más de la mitad de las personas esclavizadas que llegaron a la Provincia del Chocó eran de origen kwa, principalmente de los subgrupos akan y ewe (Kiddle) pueblos de la actual Ghana y Costa de Marfil. En segundo y tercer lugar llegaban los procedentes de la Costa de Oro (los llamados «minas») y del golfo de Benín (ararás, chalás, popós y lucumís); entre 1726 y 1750 estos últimos fueron desplazados del segundo lugar en volumen demográfico por los procedentes del golfo de Biafra, los carabalís.
A escala más amplia del Virreinato, otro estudio señala que los africanos esclavizados procedían sobre todo de las regiones y culturas de Cabo Verde, Guinea, Sierra Leona, arará, mina, carabalí, Congo y Angola, en África occidental, perteneciendo al área cultural de la familia lingüística bantú. Estos hombres y mujeres no llegaban como una masa homogénea: cargaban consigo saberes técnicos y culturales que la historiografía reciente reivindica. Como recuerda un estudio sobre políticas públicas afrocolombianas, es preciso trascender la mirada centrada solo en el proceso generador de plusvalía, para considerar la creatividad de los africanos esclavizados en todos los contextos de producción, en los cuales también fueron explotados como portadores de un continente que había acumulado ricas experiencias en minería, herrería, orfebrería, agricultura, ganadería, artes culinarias, médicas y mágicas, entre otras.
El comercio tenía tarifas según el «grado de aculturación»: en el Pacífico se vendían por unos 300 pesos de plata si eran «bozales» (nacidos en África), y entre 400 y 500 si eran «criollos» (nacidos en América).
Las cuadrillas: la máquina humana del oro
El régimen de trabajo en Citará y Nóvita se organizó en torno a la cuadrilla minera, unidad productiva y también, paradójicamente, espacio de reconstrucción de vínculos familiares y de parentesco entre los esclavizados. Investigaciones de Germán Colmenares y William Sharp citadas en estudios sobre cimarronaje en la región muestran que con el transcurrir de los primeros años del siglo XVIII, las cuadrillas aumentaron de manera significativa por la necesidad de mano de obra para la explotación minera. Este proceso de crecimiento de la población negra esclava continuó hasta 1780, cuando la caída en la rentabilidad de las minas y la manumisión condujeron a una nueva transformación: la población libre descendiente de esclavos comenzó a aumentar en detrimento de quienes seguían sometidos.
Dentro de las cuadrillas existían jerarquías internas. Un estudio sobre la esclavitud en Nóvita anota que incluso quienes no podían realizar trabajos físicos coordinaban tareas dentro de la cuadrilla, y es posible que ejercieran liderazgo entre sus miembros y su parentela.
Amancebamientos: afecto, coerción y la trampa de la «ley de vientres»
Uno de los aspectos menos visibles y más ambiguos de la esclavitud en el Pacífico neogranadino fueron las relaciones sentimentales y sexuales entre amos y esclavizadas, un fenómeno documentado en pleitos judiciales de la época. Un estudio sobre este tipo de causas judiciales en el suroccidente colombiano describe el caso de una esclava cuyo amo le había prometido la libertad, pero con la condición de que solo se hiciera efectiva tras darle varios hijos, en el marco de lo que se conocía como «ley de vientres»: los cinco hijos quedarían en estado de esclavitud al presumirse que habían sido engendrados en la nueva relación. En el litigio se enfrentaron la esclava que luchaba por su libertad, el amo que insistía en mantenerla en esclavitud, y la Iglesia, que a través del mayordomo de la cofradía pretendía intervenir. Finalmente, un testigo dio fe de haber escuchado al amo prometer la libertad a la esclava hasta cuando le «ajustara» cinco hijos, y en vista de que ya había cumplido a cabalidad ese desafío, la mulata era merecedora de ser libre.
Este tipo de casos que se replicaron en el Chocó, según revela el ensayo académico «Pido se me ampare en mi libertad» ilustran un terreno donde coexistían intereses económicos, sociales y afectivos de amos y esclavos, y donde la libertad se disputaba como un acto de la vida diaria, en una compleja trama de afectos, intereses económicos y valores propios de la época. El mismo trabajo subraya que el protocolo legal y la presión social impidieron a muchos amos expresarse abiertamente sobre los motivos para otorgar libertades, pero ciertos documentos permiten leer, entre líneas, escenarios microsociales complejos.
Manumisión: comprar la propia libertad
La manumisión el acto jurídico de liberar a una persona esclavizada fue en el Chocó colonial más una transacción económica negociada palmo a palmo que una dádiva. Historiadores como William Sharp documentaron que las cartas de compra de libertad eran frecuentes: aunque se pueden conseguir fácilmente muchas facturas de venta a menudo referentes a manumisión, las evaluaciones totales de cuadrillas completas solo se hacían tras la muerte de un propietario, para adelantar la sucesión, o cuando la Corona embargaba las propiedades de un individuo acusado de contrabando.
El verdadero punto de quiebre llegó con la República. En el Congreso de Angostura, en 1821, se promulgó la célebre Ley de Manumisión o «libertad de vientres», que se convirtió en modelo para otros procesos abolicionistas del continente: en Colombia se crearon leyes de abolición gradual, primero en Cartagena (1812), luego en Antioquia (1814) y, posteriormente, en el Congreso de Angostura con la Ley de Manumisión de 1821. Esta ley, creada bajo el gobierno republicano, sirvió como modelo de emancipación durante la primera mitad del siglo XIX para los políticos abolicionistas de Inglaterra, Estados Unidos, Portugal y Brasil.
Pero la promesa republicana escondía una trampa que la historiadora Yesenia Barragán —autora de Freedom’s Captives: Slavery and Gradual Emancipation on the Colombian Black Pacific (Cambridge University Press, 2021)— ha descrito minuciosamente para el caso chocoano.
Barragán examina cómo esclavizados y libres de ascendencia africana navegaron las trampas sociales que surgieron entre la promulgación de la Ley del Vientre Libre en 1821 que ordenaba que los hijos nacidos de madres esclavizadas no heredaran su condición legal y la abolición formal final de la esclavitud en 1852.
A ese lapso de treinta y un años la autora lo llama «tiempo de la regla de la emancipación gradual», y sostiene que fue un momento histórico particular en el que los esclavistas, paradójicamente, reforzaron la explotación y disciplinamiento de los cautivos bajo un sistema esclavista en declive.
En la práctica, según recoge una reseña académica del libro en la revista Fronteras de la Historia, muchos niños nacidos «libres» quedaban atados igualmente al amo de su madre: incluso algunos pagaron sus propios alimentos para separarse antes de sus «amos», lo cual originó lo que Barragán denomina «mercado de cautivos libres». Las llamadas juntas de manumisión, creadas para tramitar las liberaciones, funcionaron activamente en la capital chocoana: el estudio menciona específicamente registros de Quibdó entre 1821 y 1832 como fuente documental de este proceso. Colombia abolió la esclavitud de manera definitiva solo hasta 1852.
Cimarronaje y revueltas: cuando la mercancía se rebeló
La resistencia esclava en el Chocó no se limitó a la vía legal. Uno de los episodios más notables fue narrado por la historiadora Caroline Hansen y retomado en estudios sobre cimarronaje: en 1728, en Tadó, se produjo un levantamiento protagonizado por esclavos de origen jamaiquino, vinculado a la llamada «primera guerra cimarrona» caribeña. Según el artículo académico dedicado al episodio, a principios del siglo XVIII se presentó una rebelión en Tadó, Gobernación del Chocó, que por el período, origen de los alzados, sus objetivos y acciones, estaba en relación con los levantamientos de esclavos ocurridos en Jamaica.
Uno de los cabecillas, apodado «Mina», tomaba su apelativo de la Costa de Oro, cercana a un fuerte que tuvieron los portugueses llamado Elmina un dato que confirma cómo los propios rebeldes conservaban y proclamaban su origen étnico africano como parte de su identidad de resistencia. El título del artículo académico que documenta este alzamiento retoma, precisamente, una frase atribuida a los sublevados: «Matar a los blancos buenos es, luego Choco acabará».
Décadas antes, el propio territorio había sido escenario de otro alzamiento, esta vez protagonizado por los pueblos indígenas citaráes de quienes la provincia tomó su nombre: la llamada rebelión de los Citaráes (1684-1685), documentada por Hansen y por el historiador William Sharp en Slavery on the Spanish Frontier: The Colombian Chocó, 1680-1810.
El cimarronaje la huida hacia palenques o asentamientos autónomos en la selva fue una constante en todo el litoral Pacífico y el norte de la Nueva Granada. Un estudio sobre el fenómeno en la región recuerda que hacia 1598 en Zaragoza, y en 1607 en Remedios (Antioquia), esclavos negros de las rancherías mineras se levantaron violentamente y se fortificaron en palenques, causando perjuicios al comercio, a la vida de las ciudades y a la labor de las minas, mientras que otro de los alzamientos más relevantes de la región fue el dirigido por Domingo Biohó, quien se refugió con sus seguidores en la Ciénaga de la Matuna.
También en el terreno jurídico, no solo en el de las armas, se libraron batallas por la libertad. El ensayo «Pido se me ampare en mi libertad» documenta cómo los esclavizados del Chocó entre 1710 y 1810 desplegaron formas de agenciamiento mediante el trabajo propio, las redes de parentesco y el uso de recursos legales como la petición de refugio y la compra de libertad, además de estrategias de oposición y consentimiento orientadas a mejorar, atenuar o cambiar su situación de cautiverio.
Un legado que persiste
Hoy, en Quibdó, el Centro de Memoria Afrodiaspórica Mantú Buntú fundado por el historiador Sergio Mosquera guarda ese pasado en su propia arquitectura: un espacio con fachada en forma de barco negrero que resguarda el patrimonio cultural africano.
Estudios genéticos recientes confirman la huella profunda de ese pasado en la población actual: consistente con los resultados observados en poblaciones mestizas de América Latina, el Chocó muestra un patrón asimétrico y específico por sexo en su componente de ascendencia no africana, con ascendencia predominantemente indígena por línea femenina y europea por línea masculina, huella biológica de siglos de amancebamientos forzados y de mestizaje bajo relaciones de poder desiguales.
Fuentes y referencias citadas
Barragán, Yesenia. Freedom’s Captives: Slavery and Gradual Emancipation on the Colombian Black Pacific. Cambridge University Press, 2021. (Traducción al español: Cautivas de la libertad, Editorial Planeta/Universidad de los Andes).
De Granda, Germán. «Los esclavos del Chocó. Su procedencia africana (siglo XVIII) y su posible incidencia lingüística en el español del área». Thesaurus: Boletín del Instituto Caro y Cuervo, 43(1), 1988, pp. 65-80.
Hansen, Caroline. «La rebelión de los Citaráes en el Chocó, 1684-1685». En Colombia — Pacífico, Bogotá, Fondo FEN, t. I, 1993, pp. 379-396.
Sharp, William. Slavery on the Spanish Frontier: The Colombian Chocó, 1680-1810; y «La rentabilidad de la esclavitud en el Chocó», Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, No. 8, 1976.
«Matar a los blancos buenos es, luego Choco acabará. Cimarronaje de esclavos jamaiquinos en el Chocó (1728)». Fronteras de la Historia, No. 2, vol. 2, 1998.
«Pido se me ampare en mi libertad. Esclavizados, manumisos y rebeldes en el Chocó (1710-1810) bajo la lente colonial
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