Fue un puntal político para que, desde la unidad y el trabajo colectivo, se pudiera avanzar en la representación popular y conquistar dos concejales para el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.

El Bosque. 03/10/2026. Luis Araneda Mora nace en Valdivia, en el sur de Chile, en una tierra de raíces profundas, de memoria y de lucha. A los 10 años llega a Santiago junto a su familia, buscando mejores condiciones socioeconómicas para ella y sus hijos. Se asientan en la comuna de Lo Espejo, donde Luis comienza a conocer las desigualdades y también las luchas que marcarían para siempre su vida.
En 1982, siendo estudiante de enseñanza media, ingresa a las Juventudes Comunistas. Su principal vínculo con el Partido Comunista había sido su tío, un compañero que tuvo la difícil tarea de contribuir a reorganizar el Partido durante los duros años de la dictadura, a finales de los años 70. Así comienzan las primeras tareas de Luis. Se incorpora al trabajo sindical, comprendiendo tempranamente que la organización de los trabajadores y trabajadoras era fundamental para enfrentar la dictadura y construir una sociedad distinta.
Posteriormente, alrededor de 1985, llega a vivir a la población Las Acacias, en aquellos años perteneciente a la comuna de La Cisterna. Desde allí comienza a asumir mayores responsabilidades. Integra la Dirección Regional Sur de las Juventudes Comunistas y se destaca por una característica que lo acompañaría durante toda su vida militante: sabía escuchar.
Escuchaba las realidades de cada territorio, a sus pobladores, a sus trabajadores, a sus jóvenes y a sus organizaciones. Y desde esa escucha impulsaba la organización, el crecimiento de las Juventudes Comunistas y, paralelamente, cumplía con las tareas que la lucha contra la dictadura exigía.
Luis fue uno de aquellos compañeros que asumió el desafío de prepararse en Cuba para enfrentar con mayores conocimientos y herramientas la lucha contra la dictadura. Fue de los mejores en el acondicionamiento físico, en los conocimientos políticos, en la disciplina y, sobre todo, en la disposición permanente a aprender.
Nunca dejó de estudiar. Siempre había un libro, una película, una conversación, una reflexión que compartir. Para Luis, la formación política no era una tarea que terminaba con un curso o una escuela: era una forma de vivir.
Regresó a Chile y el país ya no era el mismo. Se había recuperado la democracia, pero eso no significaba el final de la lucha. Se sumó nuevamente a las Juventudes Comunistas y, en 1992, pasó al Partido Comunista, asumiendo responsabilidades en la dirección comunal de la nueva comuna de El Bosque, nacida de parte de los territorios de La Cisterna y San Bernardo.
Comenzó otra etapa de su vida. Le tocó reconstruir su vida cotidiana, buscar trabajos, sostener a su hija que crecía y enfrentar las dificultades propias de una nueva realidad.Pero nunca abandonó sus convicciones.
Porque para Luis la lucha nunca había sido solamente derribar la dictadura. Su ejemplo familiar, las enseñanzas de Recabarren, la experiencia de Fidel y, por sobre todo, el legado de Salvador Allende, le habían enseñado que el horizonte era mucho más grande: Construir una sociedad socialista, más justa, digna y humana. Por eso siguió aportando y preparándose, hasta convertirse en Profesor.
Terminó sus estudios universitarios de Profesor de Educación Básica y comenzó a trabajar en la Escuela Felipe Herrera de El Bosque. Rápidamente se convirtió en un actor y un motor del movimiento del magisterio en la comuna.
Su vocación de educador nunca estuvo separada de su condición de militante. Para Luis educar también era organizar, entregar herramientas, despertar conciencia y construir comunidad.
A comienzos de los años 2000, por razones de salud, se alejó un poco de la actividad partidaria. Pero los caminos de la militancia muchas veces vuelven a encontrarse. En 2016, una nueva generación de jóvenes que ingresaron al Partido le pidieron volver y que ayudara en la tarea de reorganizar el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.
Y volvió, a recorrer las calles, volvió a visitar las casas de las compañeras y compañeros, a conversar, a escuchar, a analizar y a organizar.
Y entonces llegó el Estallido Social. Frente a un escenario tan complejo, cuando muchos buscaban respuestas apresuradas, Luis siempre insistió en algo fundamental: mantener la calma, leer correctamente el territorio y construir la unidad más amplia posible.Siempre estaba preocupado hasta del más mínimo detalle. De la organización, de la seguridad, de las tareas, pero también de algo que muchas veces se olvida en medio de la lucha política: la salud y el bienestar de los compañeros y compañeras.
Porque Luis entendía la militancia como una forma de cuidar al otro. En medio de cada jornada, siempre aparecía un libro. Una película. Una recomendación. Una conversación. Alguna lectura que nos invitaba a pensar un poco más, a estudiar, a no conformarse.
Luego llegó la pandemia y nuevamente Luis estuvo donde tenía que estar: junto al pueblo, en los territorios, apoyando la organización popular, acompañando a las familias que sufrían el aumento de la pobreza y colaborando con las ollas comunes que se levantaban para enfrentar una de las crisis sociales más duras de esta generación.
Fue también un puntal político para que, desde la unidad y el trabajo colectivo, se pudiera avanzar en la representación popular y conquistar dos concejales para el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.
Pero todavía tenías sueños. Uno de ellos era realizar una acción cultural y política masiva que permitiera recuperar la memoria de las luchas populares de la zona sur. Así nació, desde su idea y su convicción, el Carnaval del Quila. Una expresión de memoria, cultura y organización popular. Un homenaje a quienes lucharon desde los años 60, a quienes construyeron organización en los barrios y, particularmente, a la historia de la población Santa Elena.
Porque para él la memoria no era mirar solamente hacia atrás. La memoria era una herramienta para construir el futuro.
Nuevamente llegó el momento en que pidió bajar un poco el ritmo. Alejarse de tantas responsabilidades militantes. Replegarse hacia tu familia. Hacia María Ester, su compañera de vida. Hacia su hija Valentina, a quien tantas veces postergó por las tareas de la lucha y de la organización. Todos entendieron.
Y hace apenas unos tres meses se le pidió que aportara nuevamente a los desafíos que venían por delante en el territorio. Entonces contó que probablemente le quedaba poco tiempo en Santiago. Que regresaría en enero a Valdivia, a su tierra natal, a sus raíces, a su familia.
Pero la historia quiso otra cosa. Y el regreso de una derecha pinochetista al gobierno, mediante las elecciones, hizo aflorar nuevamente en Luis esa preocupación profunda por Chile, por su pueblo y por todo aquello a lo que le había entregado décadas de esfuerzo físico, político y mental.
Quizás quedaron muchas conversaciones pendientes. Quizás quedaron muchos libros que recomendar. Muchas películas que compartir. Muchos análisis que escuchar. Muchos territorios por recorrer.
Pero, Luis, también dejó algo mucho más importante: Su ejemplo. El ejemplo de un militante que nunca dejó de estudiar. El ejemplo de un compañero que sabía escuchar. El ejemplo de un profesor que entendía la educación como una herramienta de transformación. El ejemplo de un comunista que cuidaba a sus compañeros y compañeras. El ejemplo de alguien que no se preocupaba solamente de los militantes del Partido, sino también de tantos compañeros y amigos que visitabas permanentemente, recorriendo distintas comunas de Santiago, llevando una palabra, una conversación, una preocupación y muchas veces simplemente su presencia.
Hoy se despide con tristeza, pero también con orgullo. Porque una vida entregada a los demás nunca desaparece completamente. Queda en las calles que recorrió. En las escuelas donde enseñó. En las organizaciones que ayudó a levantar. En las compañeras y compañeros que formó. En los jóvenes que escucharon sus consejos. En las familias que acompañó. En la memoria de los barrios.
Y, sobre todo, queda en quienes siguen caminando por ese mismo horizonte de justicia y dignidad que nunca abandonó.
La entrada Hondo pesar por el fallecimiento de Luis Araneda Mora se publicó primero en El Siglo.
Fue un puntal político para que, desde la unidad y el trabajo colectivo, se pudiera avanzar en la representación popular y conquistar dos concejales para el Partido Comunista en la…
La entrada Hondo pesar por el fallecimiento de Luis Araneda Mora se publicó primero en El Siglo.
Fue un puntal político para que, desde la unidad y el trabajo colectivo, se pudiera avanzar en la representación popular y conquistar dos concejales para el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.
El Bosque. 03/10/2026. Luis Araneda Mora nace en Valdivia, en el sur de Chile, en una tierra de raíces profundas, de memoria y de lucha. A los 10 años llega a Santiago junto a su familia, buscando mejores condiciones socioeconómicas para ella y sus hijos. Se asientan en la comuna de Lo Espejo, donde Luis comienza a conocer las desigualdades y también las luchas que marcarían para siempre su vida.
En 1982, siendo estudiante de enseñanza media, ingresa a las Juventudes Comunistas. Su principal vínculo con el Partido Comunista había sido su tío, un compañero que tuvo la difícil tarea de contribuir a reorganizar el Partido durante los duros años de la dictadura, a finales de los años 70. Así comienzan las primeras tareas de Luis. Se incorpora al trabajo sindical, comprendiendo tempranamente que la organización de los trabajadores y trabajadoras era fundamental para enfrentar la dictadura y construir una sociedad distinta.
Posteriormente, alrededor de 1985, llega a vivir a la población Las Acacias, en aquellos años perteneciente a la comuna de La Cisterna. Desde allí comienza a asumir mayores responsabilidades. Integra la Dirección Regional Sur de las Juventudes Comunistas y se destaca por una característica que lo acompañaría durante toda su vida militante: sabía escuchar.
Escuchaba las realidades de cada territorio, a sus pobladores, a sus trabajadores, a sus jóvenes y a sus organizaciones. Y desde esa escucha impulsaba la organización, el crecimiento de las Juventudes Comunistas y, paralelamente, cumplía con las tareas que la lucha contra la dictadura exigía.
Luis fue uno de aquellos compañeros que asumió el desafío de prepararse en Cuba para enfrentar con mayores conocimientos y herramientas la lucha contra la dictadura. Fue de los mejores en el acondicionamiento físico, en los conocimientos políticos, en la disciplina y, sobre todo, en la disposición permanente a aprender.
Nunca dejó de estudiar. Siempre había un libro, una película, una conversación, una reflexión que compartir. Para Luis, la formación política no era una tarea que terminaba con un curso o una escuela: era una forma de vivir.
Regresó a Chile y el país ya no era el mismo. Se había recuperado la democracia, pero eso no significaba el final de la lucha. Se sumó nuevamente a las Juventudes Comunistas y, en 1992, pasó al Partido Comunista, asumiendo responsabilidades en la dirección comunal de la nueva comuna de El Bosque, nacida de parte de los territorios de La Cisterna y San Bernardo.
Comenzó otra etapa de su vida. Le tocó reconstruir su vida cotidiana, buscar trabajos, sostener a su hija que crecía y enfrentar las dificultades propias de una nueva realidad.Pero nunca abandonó sus convicciones.
Porque para Luis la lucha nunca había sido solamente derribar la dictadura. Su ejemplo familiar, las enseñanzas de Recabarren, la experiencia de Fidel y, por sobre todo, el legado de Salvador Allende, le habían enseñado que el horizonte era mucho más grande: Construir una sociedad socialista, más justa, digna y humana. Por eso siguió aportando y preparándose, hasta convertirse en Profesor.
Terminó sus estudios universitarios de Profesor de Educación Básica y comenzó a trabajar en la Escuela Felipe Herrera de El Bosque. Rápidamente se convirtió en un actor y un motor del movimiento del magisterio en la comuna.
Su vocación de educador nunca estuvo separada de su condición de militante. Para Luis educar también era organizar, entregar herramientas, despertar conciencia y construir comunidad.
A comienzos de los años 2000, por razones de salud, se alejó un poco de la actividad partidaria. Pero los caminos de la militancia muchas veces vuelven a encontrarse. En 2016, una nueva generación de jóvenes que ingresaron al Partido le pidieron volver y que ayudara en la tarea de reorganizar el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.
Y volvió, a recorrer las calles, volvió a visitar las casas de las compañeras y compañeros, a conversar, a escuchar, a analizar y a organizar.
Y entonces llegó el Estallido Social. Frente a un escenario tan complejo, cuando muchos buscaban respuestas apresuradas, Luis siempre insistió en algo fundamental: mantener la calma, leer correctamente el territorio y construir la unidad más amplia posible.Siempre estaba preocupado hasta del más mínimo detalle. De la organización, de la seguridad, de las tareas, pero también de algo que muchas veces se olvida en medio de la lucha política: la salud y el bienestar de los compañeros y compañeras.
Porque Luis entendía la militancia como una forma de cuidar al otro. En medio de cada jornada, siempre aparecía un libro. Una película. Una recomendación. Una conversación. Alguna lectura que nos invitaba a pensar un poco más, a estudiar, a no conformarse.
Luego llegó la pandemia y nuevamente Luis estuvo donde tenía que estar: junto al pueblo, en los territorios, apoyando la organización popular, acompañando a las familias que sufrían el aumento de la pobreza y colaborando con las ollas comunes que se levantaban para enfrentar una de las crisis sociales más duras de esta generación.
Fue también un puntal político para que, desde la unidad y el trabajo colectivo, se pudiera avanzar en la representación popular y conquistar dos concejales para el Partido Comunista en la comuna de El Bosque.
Pero todavía tenías sueños. Uno de ellos era realizar una acción cultural y política masiva que permitiera recuperar la memoria de las luchas populares de la zona sur. Así nació, desde su idea y su convicción, el Carnaval del Quila. Una expresión de memoria, cultura y organización popular. Un homenaje a quienes lucharon desde los años 60, a quienes construyeron organización en los barrios y, particularmente, a la historia de la población Santa Elena.
Porque para él la memoria no era mirar solamente hacia atrás. La memoria era una herramienta para construir el futuro.
Nuevamente llegó el momento en que pidió bajar un poco el ritmo. Alejarse de tantas responsabilidades militantes. Replegarse hacia tu familia. Hacia María Ester, su compañera de vida. Hacia su hija Valentina, a quien tantas veces postergó por las tareas de la lucha y de la organización. Todos entendieron.
Y hace apenas unos tres meses se le pidió que aportara nuevamente a los desafíos que venían por delante en el territorio. Entonces contó que probablemente le quedaba poco tiempo en Santiago. Que regresaría en enero a Valdivia, a su tierra natal, a sus raíces, a su familia.
Pero la historia quiso otra cosa. Y el regreso de una derecha pinochetista al gobierno, mediante las elecciones, hizo aflorar nuevamente en Luis esa preocupación profunda por Chile, por su pueblo y por todo aquello a lo que le había entregado décadas de esfuerzo físico, político y mental.
Quizás quedaron muchas conversaciones pendientes. Quizás quedaron muchos libros que recomendar. Muchas películas que compartir. Muchos análisis que escuchar. Muchos territorios por recorrer.
Pero, Luis, también dejó algo mucho más importante: Su ejemplo. El ejemplo de un militante que nunca dejó de estudiar. El ejemplo de un compañero que sabía escuchar. El ejemplo de un profesor que entendía la educación como una herramienta de transformación. El ejemplo de un comunista que cuidaba a sus compañeros y compañeras. El ejemplo de alguien que no se preocupaba solamente de los militantes del Partido, sino también de tantos compañeros y amigos que visitabas permanentemente, recorriendo distintas comunas de Santiago, llevando una palabra, una conversación, una preocupación y muchas veces simplemente su presencia.
Hoy se despide con tristeza, pero también con orgullo. Porque una vida entregada a los demás nunca desaparece completamente. Queda en las calles que recorrió. En las escuelas donde enseñó. En las organizaciones que ayudó a levantar. En las compañeras y compañeros que formó. En los jóvenes que escucharon sus consejos. En las familias que acompañó. En la memoria de los barrios.
Y, sobre todo, queda en quienes siguen caminando por ese mismo horizonte de justicia y dignidad que nunca abandonó.
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