
Su autora, Andrea Gaume, nos relata cómo Mala pata pasó de ser un cuento de misterio a convertirse en un homenaje a las casas de los abuelos, los animales que amamos y los recuerdos que sobreviven a quienes ya no están.
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Esta mañana hace calor. Mucho. Andrea Gaume saca un abanico para darse un poco de aire y, cada pocos movimientos, lo inclina hacia mí para compartir el alivio. El gesto se repite varias veces durante la conversación: se refresca ella, luego me alcanza una ráfaga cómplice, antes de volver al libro abierto sobre la mesa. En algún momento, Andrea saluda a unas personas que entran al Parque Piedras y Pájaros y les da la bienvenida con una sonrisa: “Con el sauna ahorita”. La interrupción es breve, un guiño al clima, y luego regresamos al libro abierto sobre la mesa, a sus ilustraciones, a los animales que asoman entre las páginas. Es el inicio de una charla que, como las buenas historias, comienza en un lugar y termina llevándonos mucho más lejos.
Antes de hablar propiamente de Mala pata, Andrea habla de la literatura infantil. La aborda como la llave maestra, la puerta de entrada a todas las demás. “Si tú no siembras esa semilla en la infancia, no quieras tener adultos lectores, no quieras tener sociedades lectoras”, dice con la convicción de la experiencia.

Ella lo aprendió siendo niña, cuando era, como ella misma se describe, una “devoralibros”. Esa práctica le daría después ventajas académicas, rapidez para enfrentarse a textos extensos y una familiaridad con las palabras que todavía conserva. Sin embargo, ninguna de esas ventajas fue la razón inicial. Primero estuvo el gusto. Todo lo demás vino después.
El origen de ‘Mala pata’: un cuento de misterio y negros antecedentes
Mala pata comenzó con una invitación, una consigna literaria. “La frase que nos dio [Raúl Cota] fue: ‘yo no lo maté’, y la tenías que utilizar”, recuerda Andrea. Mientras sus compañeros pensaban en crímenes, ella, la única del grupo que escribía para niños, se preguntaba: “¿Qué voy a hacer con esa frase tan fuerte para un niño?”.

La respuesta fue un cuento titulado Negros Antecedentes. Era la historia de un niño con mala fama. “Un niño al que se le morían las mascotas”, detalla. Una torcaza rescatada que no sobrevivió, una lagartija accidentada con una resortera, un pez olvidado en la vorágine de unas vacaciones. Su primera versión, de casi seis cuartillas, se construyó con palabras puras, creando atmósferas: “El pasillo, el sudor del niño, los pasos de la mamá acercándose”, pero años después, cuando el PECDA le dio la oportunidad de convertirlo en un libro álbum, la tarea no fue ilustrar, sino desmontar. “Yo le digo de broma que depilé el cuento”, dice entre risas. “Le quité todo lo que no necesitaba para contar la historia”, porque en un libro álbum “la imagen también cuenta la historia”. Las seis cuartillas se redujeron a una, distribuida en veintitantas páginas donde la imagen es un segundo narrador.
El proceso incluyó una escaleta, un storyboard, bocetos, pruebas de estilo y distintas propuestas de color. Probó tonos cálidos y fríos hasta encontrar la paleta azul y verde que acompaña el ambiente misterioso de las primeras páginas. Y, siguiendo el consejo de un maestro, cambió el título. Así nació Mala pata, un nombre que, como ella misma dice, “significa mala suerte, pero como hablaba de animales, resultó muy ad hoc”.
La casa de los abuelos
El libro se transformó mientras lo construía. La casa de sus abuelos, ese “cuarto de manzana” donde transcurrió su infancia, fue vendida para construir condominios, víctima de la transformación de La Paz. “El libro está dedicado a la memoria”, afirma Andrea “A todos los que llevamos en la memoria la casa de los abuelos”.

Porque en Mala pata los elementos de ilustración son también actos de preservación. “Esta ventana es la del cuarto donde yo dormía, el sillón, la pintura, la lamparita, el pequeño altar, los trastes… todo de casa de mi abuela”, cuenta mientras señala las ilustraciones. Aparecen la reja de la casa de su tía, la bugambilia, los árboles frutales, el patio donde se colgaba la ropa. Hasta el viejo carrito Tonka que todos los primos compartieron.
Esos recuerdos ya formaban parte del cuento desde su primera versión, al igual que la casa entera que estaba a punto de desaparecer”Lo que vivió dentro de la casa no se demuele”, dice Andrea.
Ahí también, cuando moría un perro, un gato, un pájaro o alguno de los animales de la familia, los niños organizaban un funeral. Colocaban el cuerpo en una caja de zapatos, cavaban un hueco, improvisaban una cruz y llevaban flores. Durante un tiempo, en una esquina del patio podían distinguirse pequeños montículos de tierra. Tenían su propio pequeño cementerio de mascotas.
El duelo
Así, Mala pata no rehúye el tema de la muerte. El libro muestra el nerviosismo de Lalo, el protagonista, y los personajes ensayan distintas formas de despedirse. El abuelo habla de pirámides, sarcófagos y funerales vikingos.

“La abuela nos dijo que los recuerdos de los seres amados nunca dejan de existir”, narra Andrea, citando una de las frases más poderosas del libro. “Ella los guarda en un sitio muy especial y luminoso, cerca de su corazón”. Ese altar de recuerdos, que aparece en las páginas, es el mismo que tenía su abuela en casa, un espacio físico para una presencia que trasciende.
Andrea habla de ellas con una familiaridad que vuelve evidente porqué Mala pata puede abordar la muerte de una mascota sin tratarla como un asunto menor. Para un niño, la pérdida de un animal puede ser la primera experiencia directa con el “nunca más” y explicarlo no siempre resulta sencillo.
Mientras Andrea desarrollaba el libro, esa idea se volvió cada vez más personal. En el transcurso del proceso perdió a su madre y a su padre. Ya venía también de la muerte de su abuela. “En el proceso de este libro perdí a mi mamá y a mi papá”, confiesa. “Nadie te prepara para ese momento, por más adulto que seas”. El libro, que originalmente hablaba del duelo infantil frente a una mascota, comenzó a acompañar los duelos de sus propias hijas, de sus sobrinos y de ella misma.

“Nadie está realmente preparado para perder a sus padres”, dice, “sin importar la edad”. Por eso le interesa la forma en que las familias mantienen presentes a quienes ya no están: las fotografías en un altar, las frases que alguien repetía, las historias que regresan durante un viaje o una comida.
La Paz como escenario y el valor de la literatura infantil
Parte de lo que también hace Mala pata es conservar voces, animales, casas, una manera de vivir la infancia en La Paz de hace algunos años. Andrea quería que Mala pata fuera un libro de aquí. “Fui a la FIL y hubo interés de un editorial, pero yo quería que primero saliera en La Paz, es para nosotros, para los paceños”, dice con firmeza. Porque el libro está lleno de guiños locales: el carnaval, los globos, los helados de La Tropical. Es también una respuesta a su hija, quien le señaló: “Mamá, todas las historias suceden en los bosques” y esa pregunta se quedó con ella ¿Dónde estaban las historias del desierto? ¿Por qué las aventuras infantiles tenían que suceder siempre en territorios verdes, lejanos y distintos al lugar donde crecían sus hijas? Con Mala pata, Andrea insiste en que las historias fantásticas también pueden ocurrir entre patios con bugambilias, calles calientes, carnavales y casas sudcalifornianas. El libro conserva, además, una ciudad donde todavía era posible jugar en la banqueta, reunirse con los primos y los vecinos y volver a casa cuando alguien llamaba a cenar. Una infancia que hoy parece pertenecer a otro tiempo.

“Las buenas historias de niños te hablan de muchas cosas sin decírtelas”, sostiene. “Nomas te cuentan, para que tú solito lo entiendas, para que ellos solitos lo piensen”. Es un acto de confianza en la inteligencia de los niños, y una invitación a dejar espacio para que ellos completen la historia con sus propias preguntas.
Cuidar de otros seres vivos
Mala pata es también una profunda reflexión sobre la responsabilidad que adquirimos al cuidar de otros seres vivos. La vida de Andrea está rodeada de animales que han llegado por accidente o por decisión, y que se han convertido en miembros de la familia.
“El libro habla también de la adopción de las mascotas”, explica. La historia de Lalo, el protagonista, es la de un niño que aprende, a través de sus errores, que tener un animal implica una responsabilidad que no se toma a la ligera. “El niño cree que no le van a creer porque tiene negros antecedentes”, dice Andrea, refiriéndose a la culpa que siente Lalo. Esa culpa, ese peso de ser responsable de una vida, es un tema que Andrea aborda con humor y sensibilidad. El hámster que muere por un atracón de zanahorias es un guiño a una anécdota familiar: “Eso nos pasó con Vaquita, el hámster de mis hijas, que murió con la panza llena de zanahorias”. Esa vivencia, tan cotidiana y tan real, se convierte en uno de los detonantes de la historia.

La consciencia animal es parte de la vida de Andrea. Los perros y gatos que han llegado a su vida no son accesorios, son compañeros con historias propias que, de hecho, tienen un espacio visual en Mala pata. Rabito, el perro que encontraron después del funeral de su mamá, es un ejemplo de cómo el cuidado de un animal puede convertirse en un acto de amor y de sanación. Esa conciencia de que un animal no es un juguete es la misma que impregna las páginas del libro.
Al final de la conversación, queda claro que Mala pata es, en su superficie, la historia de un niño y un hámster muerto. Pero debajo de esa historia están la casa de los abuelos, los animales rescatados, los duelos de una familia y una manera de vivir La Paz que ya no existe. Andrea los puso ahí para que no desaparecieran del todo. “Es una especie de altar a los recuerdos”, concluye.

Mala pata tendrá su presentación editorial el próximo viernes 31 de julio, a las 6:00 de la tarde, en A Camanchi. Posteriormente, el 14 de agosto, se realizará una lectura especial en el Parque Piedras y Pájaros, con actividades para las infancias y venta de libros a beneficio de Perrotón.
La entrada ‘Mala pata’: Más que un libro infantil, un archivo de la memoria paceña se publicó primero en Diario Humano.
Por: Elisa Morales Viscaya
Su autora, Andrea Gaume, nos relata cómo Mala pata pasó de ser un cuento de misterio a convertirse en un homenaje a las casas de los abuelos, los animales que amamos y los recuerdos que sobreviven a quienes ya no están. Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Esta mañana hace calor. Mucho.
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Su autora, Andrea Gaume, nos relata cómo Mala pata pasó de ser un cuento de misterio a convertirse en un homenaje a las casas de los abuelos, los animales que amamos y los recuerdos que sobreviven a quienes ya no están.
Diario Humano | La Paz, Baja California Sur. – Esta mañana hace calor. Mucho. Andrea Gaume saca un abanico para darse un poco de aire y, cada pocos movimientos, lo inclina hacia mí para compartir el alivio. El gesto se repite varias veces durante la conversación: se refresca ella, luego me alcanza una ráfaga cómplice, antes de volver al libro abierto sobre la mesa. En algún momento, Andrea saluda a unas personas que entran al Parque Piedras y Pájaros y les da la bienvenida con una sonrisa: “Con el sauna ahorita”. La interrupción es breve, un guiño al clima, y luego regresamos al libro abierto sobre la mesa, a sus ilustraciones, a los animales que asoman entre las páginas. Es el inicio de una charla que, como las buenas historias, comienza en un lugar y termina llevándonos mucho más lejos.
Antes de hablar propiamente de Mala pata, Andrea habla de la literatura infantil. La aborda como la llave maestra, la puerta de entrada a todas las demás. “Si tú no siembras esa semilla en la infancia, no quieras tener adultos lectores, no quieras tener sociedades lectoras”, dice con la convicción de la experiencia.

Ella lo aprendió siendo niña, cuando era, como ella misma se describe, una “devoralibros”. Esa práctica le daría después ventajas académicas, rapidez para enfrentarse a textos extensos y una familiaridad con las palabras que todavía conserva. Sin embargo, ninguna de esas ventajas fue la razón inicial. Primero estuvo el gusto. Todo lo demás vino después.
El origen de ‘Mala pata’: un cuento de misterio y negros antecedentes
Mala pata comenzó con una invitación, una consigna literaria. “La frase que nos dio [Raúl Cota] fue: ‘yo no lo maté’, y la tenías que utilizar”, recuerda Andrea. Mientras sus compañeros pensaban en crímenes, ella, la única del grupo que escribía para niños, se preguntaba: “¿Qué voy a hacer con esa frase tan fuerte para un niño?”.

La respuesta fue un cuento titulado Negros Antecedentes. Era la historia de un niño con mala fama. “Un niño al que se le morían las mascotas”, detalla. Una torcaza rescatada que no sobrevivió, una lagartija accidentada con una resortera, un pez olvidado en la vorágine de unas vacaciones. Su primera versión, de casi seis cuartillas, se construyó con palabras puras, creando atmósferas: “El pasillo, el sudor del niño, los pasos de la mamá acercándose”, pero años después, cuando el PECDA le dio la oportunidad de convertirlo en un libro álbum, la tarea no fue ilustrar, sino desmontar. “Yo le digo de broma que depilé el cuento”, dice entre risas. “Le quité todo lo que no necesitaba para contar la historia”, porque en un libro álbum “la imagen también cuenta la historia”. Las seis cuartillas se redujeron a una, distribuida en veintitantas páginas donde la imagen es un segundo narrador.
El proceso incluyó una escaleta, un storyboard, bocetos, pruebas de estilo y distintas propuestas de color. Probó tonos cálidos y fríos hasta encontrar la paleta azul y verde que acompaña el ambiente misterioso de las primeras páginas. Y, siguiendo el consejo de un maestro, cambió el título. Así nació Mala pata, un nombre que, como ella misma dice, “significa mala suerte, pero como hablaba de animales, resultó muy ad hoc”.
La casa de los abuelos
El libro se transformó mientras lo construía. La casa de sus abuelos, ese “cuarto de manzana” donde transcurrió su infancia, fue vendida para construir condominios, víctima de la transformación de La Paz. “El libro está dedicado a la memoria”, afirma Andrea “A todos los que llevamos en la memoria la casa de los abuelos”.

Porque en Mala pata los elementos de ilustración son también actos de preservación. “Esta ventana es la del cuarto donde yo dormía, el sillón, la pintura, la lamparita, el pequeño altar, los trastes… todo de casa de mi abuela”, cuenta mientras señala las ilustraciones. Aparecen la reja de la casa de su tía, la bugambilia, los árboles frutales, el patio donde se colgaba la ropa. Hasta el viejo carrito Tonka que todos los primos compartieron.
Esos recuerdos ya formaban parte del cuento desde su primera versión, al igual que la casa entera que estaba a punto de desaparecer”Lo que vivió dentro de la casa no se demuele”, dice Andrea.
Ahí también, cuando moría un perro, un gato, un pájaro o alguno de los animales de la familia, los niños organizaban un funeral. Colocaban el cuerpo en una caja de zapatos, cavaban un hueco, improvisaban una cruz y llevaban flores. Durante un tiempo, en una esquina del patio podían distinguirse pequeños montículos de tierra. Tenían su propio pequeño cementerio de mascotas.
El duelo
Así, Mala pata no rehúye el tema de la muerte. El libro muestra el nerviosismo de Lalo, el protagonista, y los personajes ensayan distintas formas de despedirse. El abuelo habla de pirámides, sarcófagos y funerales vikingos.

“La abuela nos dijo que los recuerdos de los seres amados nunca dejan de existir”, narra Andrea, citando una de las frases más poderosas del libro. “Ella los guarda en un sitio muy especial y luminoso, cerca de su corazón”. Ese altar de recuerdos, que aparece en las páginas, es el mismo que tenía su abuela en casa, un espacio físico para una presencia que trasciende.
Andrea habla de ellas con una familiaridad que vuelve evidente porqué Mala pata puede abordar la muerte de una mascota sin tratarla como un asunto menor. Para un niño, la pérdida de un animal puede ser la primera experiencia directa con el “nunca más” y explicarlo no siempre resulta sencillo.
Mientras Andrea desarrollaba el libro, esa idea se volvió cada vez más personal. En el transcurso del proceso perdió a su madre y a su padre. Ya venía también de la muerte de su abuela. “En el proceso de este libro perdí a mi mamá y a mi papá”, confiesa. “Nadie te prepara para ese momento, por más adulto que seas”. El libro, que originalmente hablaba del duelo infantil frente a una mascota, comenzó a acompañar los duelos de sus propias hijas, de sus sobrinos y de ella misma.

“Nadie está realmente preparado para perder a sus padres”, dice, “sin importar la edad”. Por eso le interesa la forma en que las familias mantienen presentes a quienes ya no están: las fotografías en un altar, las frases que alguien repetía, las historias que regresan durante un viaje o una comida.
La Paz como escenario y el valor de la literatura infantil
Parte de lo que también hace Mala pata es conservar voces, animales, casas, una manera de vivir la infancia en La Paz de hace algunos años. Andrea quería que Mala pata fuera un libro de aquí. “Fui a la FIL y hubo interés de un editorial, pero yo quería que primero saliera en La Paz, es para nosotros, para los paceños”, dice con firmeza. Porque el libro está lleno de guiños locales: el carnaval, los globos, los helados de La Tropical. Es también una respuesta a su hija, quien le señaló: “Mamá, todas las historias suceden en los bosques” y esa pregunta se quedó con ella ¿Dónde estaban las historias del desierto? ¿Por qué las aventuras infantiles tenían que suceder siempre en territorios verdes, lejanos y distintos al lugar donde crecían sus hijas? Con Mala pata, Andrea insiste en que las historias fantásticas también pueden ocurrir entre patios con bugambilias, calles calientes, carnavales y casas sudcalifornianas. El libro conserva, además, una ciudad donde todavía era posible jugar en la banqueta, reunirse con los primos y los vecinos y volver a casa cuando alguien llamaba a cenar. Una infancia que hoy parece pertenecer a otro tiempo.

“Las buenas historias de niños te hablan de muchas cosas sin decírtelas”, sostiene. “Nomas te cuentan, para que tú solito lo entiendas, para que ellos solitos lo piensen”. Es un acto de confianza en la inteligencia de los niños, y una invitación a dejar espacio para que ellos completen la historia con sus propias preguntas.
Cuidar de otros seres vivos
Mala pata es también una profunda reflexión sobre la responsabilidad que adquirimos al cuidar de otros seres vivos. La vida de Andrea está rodeada de animales que han llegado por accidente o por decisión, y que se han convertido en miembros de la familia.
“El libro habla también de la adopción de las mascotas”, explica. La historia de Lalo, el protagonista, es la de un niño que aprende, a través de sus errores, que tener un animal implica una responsabilidad que no se toma a la ligera. “El niño cree que no le van a creer porque tiene negros antecedentes”, dice Andrea, refiriéndose a la culpa que siente Lalo. Esa culpa, ese peso de ser responsable de una vida, es un tema que Andrea aborda con humor y sensibilidad. El hámster que muere por un atracón de zanahorias es un guiño a una anécdota familiar: “Eso nos pasó con Vaquita, el hámster de mis hijas, que murió con la panza llena de zanahorias”. Esa vivencia, tan cotidiana y tan real, se convierte en uno de los detonantes de la historia.

La consciencia animal es parte de la vida de Andrea. Los perros y gatos que han llegado a su vida no son accesorios, son compañeros con historias propias que, de hecho, tienen un espacio visual en Mala pata. Rabito, el perro que encontraron después del funeral de su mamá, es un ejemplo de cómo el cuidado de un animal puede convertirse en un acto de amor y de sanación. Esa conciencia de que un animal no es un juguete es la misma que impregna las páginas del libro.
Al final de la conversación, queda claro que Mala pata es, en su superficie, la historia de un niño y un hámster muerto. Pero debajo de esa historia están la casa de los abuelos, los animales rescatados, los duelos de una familia y una manera de vivir La Paz que ya no existe. Andrea los puso ahí para que no desaparecieran del todo. “Es una especie de altar a los recuerdos”, concluye.

Mala pata tendrá su presentación editorial el próximo viernes 31 de julio, a las 6:00 de la tarde, en A Camanchi. Posteriormente, el 14 de agosto, se realizará una lectura especial en el Parque Piedras y Pájaros, con actividades para las infancias y venta de libros a beneficio de Perrotón.
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